Verano del 70

«Fue el verano en que Brasil ganó su tercer mundial, el último que jugaría Pelé. España no logró clasificarse para la fase final de México y nosotros nos pusimos del lado de Brasil. Porque además de Pelé, en ese equipo jugaban Jairzinho, Rivelino, Gerson, Tostado… ¡Qué más decir!»

POR VÍCOR AYLLÓNHUÉTOR TÁJAR

Rafa era de pocas palabras, pero le salían como lanzas. Nada que ver con los discursos de Luis Pereda o con la monotonía de Perico Tejada. Rafa abría la boca y ¡zas! De igual manera jugaba al fútbol. Vagaba flemático por la delantera incordiando a los rivales. La pelota se le escapaba una y otra vez entre las piernas, parecía untada en grasa. Al principio nadie confiaba en que un delantero tan torpe pudiera meter la pelota dentro de la portería. Hasta que descubrimos su prodigiosa cabeza. En cada partido metía un par de testarazos precisos, decisivos. Como los dos de aquel verano que nos hicieron ganar la final del campeonato local. Su último partido con nosotros.

Fue el verano en que Brasil ganó su tercer mundial, el último que jugaría Pelé. España no logró clasificarse para la fase final de México y nosotros nos pusimos del lado de Brasil. Porque además de Pelé, en ese equipo jugaban Jairzinho, Rivelino, Gerson, Tostado… ¡Qué más decir! En el partido de la final la selección brasileña se impuso por cuatro a uno a Italia y se llevó en propiedad la copa Jules Rimet. Después supimos que, antes de comenzar el encuentro, Pelé se sumió en una llorera emocional desconcertante. En ese momento comprendimos que probablemente fuera de carne y hueso como nosotros.

Y también fue el verano de Un rayo de sol. La pegadiza canción de Los Diablos zumbaba por todos lados envolviendo el ambiente en un reguero de estribillos dulces y facilones. La canción del verano del 70 encajó en nuestras vidas y en nuestros corazones con la frescura de un golpe de mar. Un hormigueo nos atravesaba cada vez que oíamos por la radio la rebosante voz de Agustín Ramírez susurrándonos que el amor estaba a la vuelta de la esquina. Solo había que esperar el rayo milagroso.

Al igual que nos pasara con el Brasil de Pelé, la pandilla se hizo fan de Los Diablos. Sobre todo a raíz de salir en televisión. Joaquín Prat y Laura Valenzuela los presentaron en las Galas del Sábado, un programa de variedades que seguíamos con entusiasmo. Allí, en blanco y negro, cuatro jóvenes con melena, chaleco de flecos y pantalones de campana nos hicieron subir a lo más alto.

Laura Valenzuela era nuestro icono. Aspirábamos a encontrar una mujer como ella. Nos decíamos que habría que ir a buscarla lejos del pueblo, que allí no se daban mujeres como aquella. Luis Pereda la tenía en el peldaño superior. A todas las chicas las hacía objeto irremisible de su análisis comparativo: «¿Adónde le llega esta chica a Laura Valenzuela? Ni a la suela de los zapatos, ni a los talones, ni a los tobillos, ni a las rodillas…»

Todos coincidíamos en que Rafa se parecía al vocalista de Los Diablos. Al igual que este, era alto y tenía una buena napia. Luego se fue a Barcelona, como tantos. ¿Qué habrá sido de él?