OPINIÓN

Sin ti no soy nada

«Te entrego debilidades y tú descubres todas mis potencias convirtiéndome a menudo en escritor, político, filósofo o artista en trance de vena productiva»

POR JOSÉ Mª CRUZ BARCO Loja

No necesito decirte lo que me inspiras, ya que el celo me delata a cada paso y mi fidelidad impide que puedas albergar la menor duda. Por más que alguna vez me asalte la sospecha de que empiezo a estar fuera de mí, la acepto como el riesgo imprescindible para disfrutar de tu esencia cautivadora. Es fácil que me duerma de tu mano o te lleve en mis sueños hasta que el alba me sorprenda acunado en tu abrazo acogedor.

De forma casi imperceptible, has hecho de mí otra persona desde que mi pensamiento ha entrado en tu dimensión nueva y profunda que, lejos de alienarme, ha dado un nuevo rumbo a mis propósitos. Nada te oculto porque no lo deseo, porque sabes todo sobre mí y porque hacerlo llevaría mi historia a la rutina vacía que fue hace tiempo, antes de gozar de tu compañía. Contigo cobran sentido mis días y vuelve el sosiego a mis noches a medida que traslado a tu seno hospitalario las heridas de mis pobres secretos, cada vez más escasos, porque nada guardo para mí y todo lo pongo bajo tu custodia, sabiendo que allí tiene trámite y cobijo seguro, quizás más allá de mi limitada existencia.

Despojado de ropa y equipaje, me abandono en tus cálidas caricias para iniciar un camino temerario que supera cualquier pudor melindroso y olvida frenos e imposturas evitando, tanto la excesiva prudencia que asfixia, como la ridícula elegancia que me oprime testaruda, al poner cortapisas inútiles al descuido libertario de mis sentimientos más hondos. Descubrí a tu lado mi verdadera libertad y no preciso otra licencia ni estoy dispuesto a cambiarla por señuelos contaminados. Contigo, sólo contigo, recupero y encuentro amistades verdaderas con las que confesarme cada día, sin necesidad de más bulas ni contriciones que las halladas en la sincera devoción que proporciona tu llegada a mi existencia en feliz contagio compartido.

«De forma casi imperceptible, has hecho de mí otra persona»

Reniego de los maliciosos rumores que amenazan con apartarme de ti, lo que estaría dispuesto a evitar, incluso a costa de una mengua en la maltrecha economía, por la cuota que mantuviera nuestro idilio abierto, igual que la ventana al mundo que me otorgas para observar a otros sin necesidad de reconocerme como el fisgón incorregible que soy, gracias a tu venia de nueva moral conciliadora. Te entrego debilidades y tú descubres todas mis potencias convirtiéndome a menudo en escritor, político, filósofo o artista en trance de vena productiva, poniendo en mi camino trampolines hasta ahora prohibidos, porque sabes que no voy a renunciar al eco de una lección magistral en tu ágora sin otro riesgo que el de manifestar, de vez en cuando, mi intrépida estupidez. En tu complicidad gestiono mis silencios y aireo sin rubor antiguas confidencias porque no temo ejércitos de ovejas ni encuentro suficientes aspas de molino que me detengan. Desde tu cátedra me siento infalible mientras tu heraldo me ofrece ocasiones para declarar amor o encono –según toque– mermando el riesgo de hacerlo cara a cara.

«En tu complicidad gestiono mis silencios y aireo sin rubor antiguas confidencias»

Oh… Facebook, Facebook... ya no podría vivir sin ti. Hasta tu nombre se me antoja bello y sonoro. Alguien me dijo que llegaste hace apenas quince años, pero tengo por cierto que para mí existes desde siempre. Me has convertido en un ser liberado e independiente, y por tanto poderoso, irrepetiblemente integrado en este universo de mentes aisladas. Tal vez eterno, si tú gestionas mi olvido. Sin ti no soy nada y contigo… pues eso.