Historias del Clínico (II)

«Arrastraba un enorme trasero, voluminoso y bamboleante, a juego con el busto. Para estabilizar todo aquello caminaba con los brazos abiertos y la cabeza hacia atrás, al igual que un funambulista con su pértiga.»

POR VÍCTOR AYLLÓNHuétor Tájar

El ascensor paró en la tercera planta. Rosario se había quedado como alelada con la historia del ciego, su cuñada Inocencia y los mellizos. Elena le tuvo que empujar para que saliera. Se encaminaron por el pasillo derecho, tal como les había indicado la chica de Admisión.

—Trescientos dieciocho, está es —dijo Elena.

Era una habitación de cuatro camas con dos grandes ventanales que daban a la Avenida de Madrid. La luz entraba a raudales. De momento solo una de las camas estaba ocupada. Dieron los buenos días a la enferma y a su acompañante, un joven que ojeaba el periódico sentado en un taburete.

A Rosario le adjudicaron la de al lado. Elena ayudó a su madre a colocar en la taquilla el neceser y el contenido de las siete u ocho bolsas de diversos tamaños, colores y propagandas que portaba: de El Corte Inglés en rebajas, de Carrefour, de Ferretería El Tornillo, de Calzados Mari Pepa... Cuando acabaron la tarea, madre e hija se dirigieron al cuarto de baño. Rosario salió con una bata que le dejaba el culo al aire. «Menos mal que llevo bragas limpias», pensó.

La compañera de habitación, una tal Emilia, hasta entonces adormilada, abrió los ojos y pidió agua. El joven se levantó y le alcanzó un vaso de la mesita. Bebió un par de sorbos, tosió un par de veces, luego carraspeó, y con voz débil dijo:

—Toca el timbre, hijo, que se mueva esa bruja.

«Rosario salió con una bata que le dejaba el culo al aire»

El hijo movió la cabeza, pero obedeció sin rechistar. Al poco entró la enfermera, una rubia de bote con la cara apretada y los ojos saltones que debía sobrepasar los cincuenta. Arrastraba un enorme trasero, voluminoso y bamboleante, a juego con el busto. Para estabilizar todo aquello caminaba con los brazos abiertos y la cabeza hacia atrás, al igual que un funambulista con su pértiga.

—¿Qué pasa ahora? —preguntó, como cantando.

—Se está acabando el suero —dijo la enferma.

—Ya, ya. —dijo la enfermera con retintín— Y añadió alzando el tono: ¿Cómo se encuentra esta mañana, Emilia?

—Sorda, no.

—Mamá… —le reprendió el hijo.

La enfermera le dio la espalda y no dijo nada. Estaba acostumbrada a esos desaires. Mientras cambiaba el bote de suero, se dirigió a Rosario:

—Usted vaya preparándose, pronto llegará el celador para darle un paseo por el hospital. Le tenemos que hacer un montón de pruebas. ¿Vendrá en ayunas, no?

—Sí guapa, ya vengo prevenida —le respondió Rosario con cara de asco.

—Señora, me llamo Eladia, pero me puede decir Eli. A ver si conseguimos un buen feeling, que nos vamos a ver durante una temporadita.

—¿Qué ha dicho? —le preguntó a Elena.

—Nada, mamá, que os tenéis que llevar bien.

Rosario se encogió de hombros.

La enfermera se retiró mascullando: Bienvenida, Miss Congeniality.