Historias del Clínico (I)

«El Clínico estaba a rebosar. Batas verdes y blancas se cruzaban en medio del bullicio como centellas rutilantes. Se dirigieron al mostrador de Admisión y esperaron su turno.»

POR VÍCTOR AYLLÓNHuétor Tájar

Era un lunes de enero. Había caído una buena helada esa noche. La escarcha cubría de plata los setos y los árboles y los tejados de Granada. Madre e hija entraron agarradas del brazo, bien apretadas. El Clínico estaba a rebosar. Batas verdes y blancas se cruzaban en medio del bullicio como centellas rutilantes. Se dirigieron al mostrador de Admisión y esperaron su turno. Al poco les atendió una chica joven, de cara redonda y voz de pito.

—Buenos días señora, dígame su nombre.

—Rosario —dijo la madre.

—Rosario qué más —preguntó la chica.

—Mi madre quiso inscribirme como María del Rosario, pero mi papá era muy agarrado. Así que me quedé con Rosario, a secas.

—Mamá… —intervino la hija, visiblemente azorada—, se refiere a tus apellidos.

—Ah, vale, pues que lo diga —dijo la madre torciendo la boca.

La hija se llamaba Elena. Era maestra de primaria. Había pedido el día libre para acompañar a su madre al hospital. La mañana no se le presentaba especialmente divertida. Se dirigió a la chica que hacía las preguntas detrás del mostrador:

—Disculpe, está un poco nerviosa, yo le doy los datos: Rincón Ramírez.

La joven de Admisión se quedó con la boca entreabierta durante unos segundos. Al cabo la cerró. Luego soltó una risita nerviosa y dijo:

—¡Qué nombre tan divertido! Tres erres.

Madre e hija se miraron. Rosario iba a decir algo pero Elena se lo impidió con un gesto. La joven con voz de pito añadió:

—Planta tercera, pasillo derecho, habitación 318. Espero que venga en ayunas.

—Muchas gracias —respondió Elena.

La madre mascullaba algo entre dientes. Elena la arrastró hacia la zona de ascensores. Pulsaron el botón de subida. Tuvieron que esperar un rato. Al fin llegó uno. Una vieja que arrastraba un gotero se les puso por delante y Rosario soltó un resoplido. Elena le tiró del chaquetón. En la primera planta el ascensor se detuvo y entró un vendedor de la Once pregonando a grito pelado: ¡Dos iguales para hoy! ¡Dos iguales para hoy! Rosario le preguntó si tenía una terminación de siete. Es mi número de la suerte, dijo. El ciego, un hombre que rebasaba los cincuenta, de rostro serio y desabrido, se quitó las gafas oscuras y comenzó a rebuscar en las tiras de cupones.

—Aquí está. ¿Cuántos quiere, señora?

—Dos, uno para mí y otro para mi hija. —aclaró.

—Suerte —dijo el vendedor mientras se los entregaba.

—Falta me hace, buen hombre, que cuando uno llega al hospital sabe el día que entra pero no el que sale, si es que sale —dijo Rosario.

—Mamá, no seas tremendista, solo se trata de una colecistectomía laparoscópica, una simple extirpación de vesícula, en un par de días estarás en casa —dijo Elena.

—Nunca se sabe —puntualizó el ciego— Mi cuñada Inocencia entró por una apendicitis y salió con dos mellizos. Uno rubio y otro castaño.