Cabeza y corazón

«Y ahí está la cabeza pidiendo distanciamiento y cordura, mientras el corazón sólo piensa en proximidad, muestras de afecto y aceleración para la quebrada economía. Mientras tanto, las instituciones investidas de autoridad apelan de nuevo a la responsabilidad individual, lo que equivale a reconocernos por anticipado la dudosa capacidad de asumir compromisos como ciudadanos».

POR JOSÉ Mª CRUZ BARCO Loja

Tener que decidir con cabeza y corazón nos pone en frecuentes aprietos pero aporta ventajas, aunque sólo sea por simple filtrado evolutivo. Jugando cada cual sus bazas, usamos una inteligencia que requiere tiempo, previsión de posibilidades y serenidad para elegir con perspectiva, lo que la hace lenta pero eficiente, en colaboración y contraste con las emociones, que elaboran respuestas inmediatas, más cómodas y agradables, aunque menos seguras. La primera es silente y conservadora, sin la capacidad de atracción que tienen las segundas, por lo que, reduciendo al mínimo el esquema, cocinamos con dos ingredientes que modelan nuestra conducta de manera que, en la medida que predominen una u otras, se manifiesta nuestro temperamento y nos hacen previsibles. Más de una vez terminaremos en un dilema con variadas posibilidades igualmente atractivas, convenientes y razonables, lo que nos obligará a comprometer demoras, frustraciones y resultados.

Los últimos días de cada año nos ponen ante la prevista encrucijada de unas fiestas navideñas tan cargadas de emociones y propósitos como generadoras de contradicciones en nuestra forma de vivirlas. De indudable origen cristiano, aunque con influencias incluso anteriores, se han convertido en las fechas consumistas por excelencia lo mismo que en motor de un sector económico del que dependen muchas familias. La alegre fraternidad que fingimos derrochar se diluye en el olvido y la ocultación de injusticias que asumimos como riesgos normales de nuestra sociedad pretendidamente desarrollada. Los festejos se alternan con las añoranzas por lo perdido y nos pone frente al balance del paso del tiempo como si fuéramos en un tobogán de brillo fugaz que nos impulsa a desearlas y repudiarlas al mismo tiempo.

A tantas ocasiones de conflicto con los afectos, las creencias y la economía, se añade este año – cómo no citarlo una vez más – un riesgo sanitario capaz de establecer por sí solo, un dilema con cualquier concepto de fiesta que elijamos. Y ahí está la cabeza pidiendo distanciamiento y cordura, mientras el corazón sólo piensa en proximidad, muestras de afecto y aceleración para la quebrada economía. Mientras tanto, las instituciones investidas de autoridad apelan de nuevo a la responsabilidad individual, lo que equivale a reconocernos por anticipado la dudosa capacidad de asumir compromisos como ciudadanos.

Puestos a opinar, creo que merece la pena suscribir un acuerdo en lo mucho que nos une, como es el riesgo sanitario y si queremos, la buena voluntad navideña, dejando a un lado lo poco que nos separa en las distintas formas de ceder a los impulsos. Quizás sea posible vivir la fiesta reduciendo al máximo los encuentros y aplazando los abrazos, tal y como nos sugiere el sentido común, o sea la cabeza, y permitir al corazón su desahogo emotivo aprovechando los sentimientos que inspiran la navidad, para no olvidar a tantos que lo están pasando mal, con quienes habrá que compartir las consecuencias negativas de esta pesadilla. Tal vez sea el momento de recordar que en los primeros días de confinamiento estuvimos convencidos de que atravesábamos un punto de inflexión para construir una sociedad nueva. Más humana y solidaria, por supuesto, aunque siga siendo lábil de memoria.

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