Las aulas anti COVID existen y están en los pueblos ·
Los colegios rurales, como el Monte Hacho de Loja, son ahora más que nunca la escuela ideal, con aulas de entre 6 y 14 alumnos y una enseñanza prácticamente personalizada
Si ya antes un aula con entre 25 y 30 alumnos, o más, era un 'tetris' de pupitres, las medidas de distanciamiento social a que ha obligado la pandemia no han hecho sino acrecentar la problemática de las ratios elevadas. Por eso entrar en la clase de Carmen, Rocío, Aída, Miguel, Ángela y Nayara impresiona. Son los seis alumnos del aula menos numerosa del Colegio Público Rural (CPR) Monte Hacho, en Loja. Ellos comienzan curso con un pupitre y una mesa adicional individual, para organizar sus cosas. Y todo ello a varios metros de distancia de su compañero. Su tutora, Alicia, no puede estar más satisfecha de desarrollar su profesión en un centro educativo así. «No es el primero y lo he elegido», comenta esta docente de Archidona.
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El Monte Hacho, con 83 alumnos repartidos en sus sedes de Venta del Rayo, Cuesta de la Palma y Ventorros de La Laguna (tres pedanías lojeñas), es en cierto modo un 'oasis' educativo en un curso que inevitablemente nace marcado por la pandemia. «En esta situación, somos privilegiados los alumnos, las familias y los propios docentes. Los niños reciben una formación prácticamente personalizada y en unas condiciones de seguridad que pocos pueden tener», destaca Inma Pareja, secretaria y tutora de los 10 chicos del aula de primero, segundo y tercero de Primaria en la sede de Venta del Rayo.
Pese a que los colegios rurales llevan años en la cuerda floja por los «números», ahora la pandemia ha vuelto a demostrar que son el modelo de escuela que muchas familias quieren para sus hijos. Y es que las aulas anti COVID existen; y están en los pueblos. «Peligro de perder unidades tenemos siempre. Este año sin embargo hemos tenido un 'extra' de matrículas. Han entrado cerca de 25 nuevos alumnos», se congratula el director, Alberto Aranda, que lleva quince años yendo y viniendo de Benalmádena cada día. «Esto no lo cambio por nada», dice, aún reconociendo que podría tener un puesto más cerca de casa. Porque «trabajar en estos centros es muy gratificante», subraya el equipo docente. Así que la mayoría de los maestros optan por quedarse aun pudiendo elegir CEIPs próximos a su hogar.
En uno de los patios del CPR Monte Hacho apenas hay 16 alumnos -de primero a sexto de Primaria- y en el otro están los 14 pequeñajos de Infantil (de 3 a 5 años). Con todas las medidas de seguridad puestas en marcha en todos los centros, aquí además disponen de espacio suficiente para mantener y superar la distancia mínima aconsejable. En cada una de sus tres sedes hay tres unidades interciclos: 3, 4 y 5 están en la misma clase; primero segundo y tercero de Primaria están en otra unidad; y cuarto, quinto y sexto en otra aula. «La más numerosa es de 14 alumnos y la menos, de seis», explica Alberto.
Aprendizaje «enriquecedor»
La 'mezcla' de edades en las aulas «para nada es perjudicial», afirman los docentes y confirman las familias. «Tiene sus dificultades porque tienes que saber adaptar la metodología. Pero para los alumnos es también más enriquecedor», comenta Inma, que lleva trece años en el centro y que, como otros compañeros, ha optado por traer a su hija aquí. «Los alumnos van muy bien preparados, primero porque con tan pocos el aprendizaje es óptimo y porque, al compartir clase con otros de niveles superiores, comienzan a relacionarse con contenidos avanzados desde uno o dos cursos antes. También para los niños con dificultades, porque tienen la oportunidad de repasar lo anterior», coinciden estos docentes, que están encantados con el extraordinario ambiente de toda la comunidad educativa.
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Vida para los pueblos
Maestros y familias tienen clara la importancia de los colegios rurales. «Es necesario para poder escolarizar a nuestros hijos en donde vivimos, evitando desplazamientos. Somos considerados colegios de segunda, pero nada más lejos de la realidad», opina Mª Carmen Ortiz, secretaria de la AMPA. Desde la asociación valoran, y mucho, «la formación totalmente personalizada» que reciben sus hijos, «que -argumentan- están mucho mejor atendidos gracias a la baja ratio de las clases». «De hecho, ahora mucha gente está viniendo a vivir a zonas rurales, como es mi caso. Y es imprescindible que haya colegios», recalca Irene Vidal, otra madre. «Los CPRs son fundamentales para que los pueblos tengan vida. Si no apostamos por ellos seguirán vaciándose», considera el director.
Para los quince docentes del Monte Hacho, las familias son «de 10, muy colaborativas», subraya Alberto, orgulloso de la programación del centro, con desayunos de efemérides, excursiones con familias y proyectos de lectura innovadores. «Por eso al final somos como una familia y los escolares que se han ido siguen teniendo contacto con nosotros», apuntan maestros y familias. Sin embargo, este año las actividades se tendrán que dejar aparcadas, porque en su caso están completamente supeditadas al transporte. «Al ser tan pocos, hacemos las actividades extraescolares para todo el alumnado, el de los tres pueblos», matizan.
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Aunque el curso ha empezado y la pandemia continúa, en este pueblo se respira tranquilidad, porque apenas ha habido incidencia de la enfermedad. «Los niños al principio estaban nerviosos, pero ahora están ilusionados porque tenían ganas de volver», admiten las familias a la puerta del centro. Sus hijos precisamente trabajan estos días lo relacionado con la concienciación que la pandemia de 2020 debe traer a nuestras vidas. También la del respeto al medio rural.
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