Jorge Martínez 'Chapa', el maestro discreto

Jorge Martínez, Chapa, fotógrafo de IDEAL en Loja, muestra su fotografía póster en el mirador de Isabel I de Castillla./R. I.
Jorge Martínez, Chapa, fotógrafo de IDEAL en Loja, muestra su fotografía póster en el mirador de Isabel I de Castillla. / R. I.

El primer corresponsal de IDEAL que trabajó con nuestro fotógrafo en Loja, José M. Abad Liñán, hoy en El País, recuerda que «no hacíamos periodismo local, Jorge; me hacías creer que contábamos sitios y tiempos lejanos»

JOSÉ M. ABAD LIÑÁN (*)Madrid

Jorge, he leído en el periódico que has muerto. Antes de creérmelo, déjame que vuelva a principios de 1998, cuando Javier Barrera nos presentó en Loja. En el fondo, Javi me estaba encomendando a ti. Yo acababa de terminar la facultad, me había rescatado de un mal trago mi buen Juan Jesús Hernández, Jota, y llegaba como corresponsal a un pueblo que apenas conocía. Llegaba creyéndome, como buen paleto que era, libre del pelo de la dehesa. Pero no sabía nada. Qué iba a saber.

Tú sí, tú sí sabías que yo no sabía nada, pero preferías callártelo, levantar las cejas cuando metía la pata o cuando de chiripa acertaba, y hacer que me diera cuenta yo. Tú solo gastabas un tercio de las palabras que yo derrochaba. Conseguir decir las mismas cosas con un tercio de saliva o de matrices es una lección de periodismo. Y tú ya, cuando sacabas la cámara, te las ahorrabas todas.

Llegábamos de buena mañana a aquellas cortijadas desatendidas por la prensa, y hacías por convencer a los lugareños de que el oficio al que se dedicaban y se habían dedicado sus padres y antes sus abuelos era más que digno de salir en un periódico. Recorríamos mundo sin salir del Poniente. Un día tocaba internarse en los misterios de la fauna exótica, y allá que nos íbamos al Charco del Negro a buscar aquellos anfibios brillantes, los gallipatos, que se escurrían de las manos mucho más que de tu objetivo. Otro día nos daba por codearnos con la élite hípica, y un criador nos presentaba entre alazanes, bayos y tordillos a una yegua que había ganado todos los premios, una auténtica top model a cuatro patas («¿Te atreves a titular así?», me decías. «Sí, ¿no?», dudaba yo. Y tú levantabas las cejas, callabas y al final te reías).

Más adelante nos dio por descubrir culturas ancestrales en aquellas sierras del corazón de Andalucía, y convenciste a un pastor que no llegaba a medio metro de altura de que usara su honda para atinar con una simple china, a decenas de metros de distancia, en los cuernos de sus cabras; así las pastoreaba. («Esto daría para un National Geographic», me soltaba yo ya con alguna broma. «Más quisieran ellos», me cortabas tú).

Yo creí que aquel íbero menguado nos iba a correr de allí a pedradas, pero tú lo persuadiste de que sus manos callosas y su fardo de penurias merecían una página del periódico. Ahí salió el pastor olvidado, ahí estuvo el pequeño hondero y su ganapán milenario. No hacíamos periodismo local, Jorge; me hacías creer que contábamos sitios y tiempos lejanos. Y qué sospechosos de exageración habrían resultado los reportajes sin tus fotos: como tus palabras, justas y certeras.

Un día me dijiste que tenía que irme de allí a un sitio más grande y que, si pudieras, te vendrías conmigo. Ojalá, Jorge, porque, a pesar de la ilusión de mudarme a Madrid, sospeché que aquí no encontraría lo que dejaba en estado de revista en Loja: el compinche leal de mirada aguda y limpia, la ausencia de cinismo y de toda queja, el mañana nos equivocaremos menos.

Los honderos, los pura sangre, los gallipatos. Me traje conmigo el respeto que irradiabas como fotoperiodista y la dependencia infantil que siento hacia tus colegas desde que me crucé contigo en el estudio donde trabajabas con tu familia, cubierto de las fotos de bodas, bautizos y comuniones con que también te ganabas la vida.

Todavía hoy, cuando alguna vez me toca llegar a un sitio nuevo para reportajear, me planteo cómo te habrías camelado tú al primer paisano de turno para que nos presentara a todo el mundo. «Niño, medio reportaje ya lo tienes hecho», me soltarías después, con la cámara en ristre.

Hoy ha tenido que ser por tu muerte por lo que he vuelto a escribir en Ideal después de 20 años. Fíjate, Jorge, hasta eso te lo debo.

(*) José M. Abad Liñán es periodista y trabaja en Madrid en el diario El País. Fue el primer corresponsal del periódico IDEAL que trabajó con Chapa en 1998 durante un año.

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