Las tres culturas

Artículo de Opinión

«Si te hablan del país de las tres culturas, no se vaya tu mente a una Edad Media de moros, judíos y cristianos. Te están hablando de la España de hoy en día»

JUAN ALONSO SÁNCHEZ
JUAN ALONSO SÁNCHEZ Loja

Partamos de una aseveración que usted no tiene porqué compartir conmigo: pienso y digo que la «Cultura en mayúscula» es un concepto ilimitado en exceso. Si por definición, cultural es todo cuanto no pueda ser clasificado como propio y espontáneo de la Naturaleza, resulta que hasta gran parte de nuestro medio ambiente es producto de la acción desbravadora y cultural del hombre, que deseca, que repuebla, que inunda y que extingue, y que condiciona el clima que lo parió.

«Parece que las lindes de 'lo cultural' son tan anchas como ancha es Castilla»

Todo es Cultura mayúscula entonces, desde el resurgir de los linces –siempre al albur del criterio científico y reproductivo de Doñana– a la liebre de monte, que corre ingenua y libertina, o eso cree, al dictado del plan cinegético de un coto. También el aire de las ciudades, sometido al dictamen dióxido de los ingenieros según modelos científicos es producto de axiomas culturales. No se libra ni la perra, que es de raza, a la moda genética de los hombres.

Siendo así que hasta respiramos Cultura, quién iba a decir que en nombre de su mayúscula nos llene de orgullo y satisfacción arrancar de cuajo la cabeza de los gansos sobre una remera en el norte, tirar cabras al vacío desde el campanario de las aldeas del centro, o izar al Dios pacifista de los mansos de espíritu con himnos de guerra en el sur; manifestaciones culturales todas ellas declaradas de interés turístico internacional en Villa Abajo.

Visto lo visto, parece incontestable que las lindes de «lo cultural» son tan anchas como ancha es Castilla. Y tanto que en ellas encuentra cobijo la propia incultura, la superstición, o las mil y una caras de la violencia de especie, de etnia, de Estado, de género, de clase o de religión, que practicamos los humanos con rigurosidad dominical. La brutalidad al fin y al cabo, si en origen tuvo que ver con nuestra sustancia animal, hoy se nos aparece sofisticada y «culta» hasta su punto de nieve, sustentada en ideologías y aplicaciones tecnológicas. Pero esa es harina para otro costal.

Hoy, los literatos y los científicos saben que los ceporros de Villa Abajo los han igualao; que tanto montan, en tanto que activos culturales mayúsculos se dicen ser. Con todo desahogo, sumamos así a la transgresión y al arte necesario de los primeros, a la innovación y el conocimiento imprescindible de los segundos, la superchería pintada con el rojo antropológico de la rutina ancestral en el almanaque de los terceros. Creación, conocimiento y costumbre sobre una tabla rasa de mangas anchas.

Para acabar. Si te hablan del país de las tres culturas, no se vaya tu mente a una Edad Media de moros, judíos y cristianos. Te están hablando de la España de hoy en día: la de los creadores y los artistas en la precariedad, uno. La de la fuga de cerebros hacia Alemania para que inventen ellos, dos. La del tradicionalismo rampante que nos identifica y nos incluye o nos excluye de esta, nuestra peculiar comunidad nacional, donde monta tanto.

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