Artículo de Opinión

¡Si me queréis… irse!

«Será la idiosincrasia celtibérica, pero aquí, para que se vaya de la poltrona una jefecilla de taifa, es menester que la remate en el suelo –infraganti– un vídeo cleptómano. ¿Y qué decir del tesorero de Alí-Babá?»

JUAN ALONSO SÁNCHEZ

De todas las sabidurías humanas, encuentro de lo más admirable aquella que tiene que ver con el arte de la salida. Si la providencia nos hizo a todos de naturaleza conservadora y convencional –es lo que tiene el afán por la bolsa y la vida y la aceptación social–, considero especialmente elegantes y respetuosos los adioses a la francesa, abandonando la estancia en su punto, sin ruido y sin ceremonia.

En esa velada forma de fuga se esconde el deseo de discreción de cierta naturaleza de personas, pero sobre todo, el ansia de abreviatura que ocupa a los seres de espíritu concreto, poco dotados para la experiencia insufrible de las despedidas, siempre en extremo formales, previsibles y hasta violentas.

Hay personas que, por educada sabiduría pienso yo, saben abandonar los escenarios de su representación social o política con un mutis por el foro, incapaces de argumentar su salida con un portazo o con una mentira piadosa que no suene escasamente convincente. Son personas dotadas del don de la finalidad de las cosas. Las admiro. Admiro su natural intuición para escuchar la voz interior del ruletista anunciando la liquidación de una causa. ¡No va más!

Elegir el momento. That is the question. Hay por contra personas partidarias de ganar los partidos en la extenuación de las prórrogas, incapaces de una despedida sin que medie el agua caliente o la punta de una pistola señalando una vértebra. Las hay que no encuentran el momento del adiós muy buenas si no es in extremis. Suele pasar en la órbita del poder y sus diversas formas de manifestación. Qué difícil es entonces discernir entre el valor positivo de la perseverancia, y la falta de virtud derivada de los apegos indisimulados.

Viendo lo que está ocurriendo en España, con tantos casos de política corruptelar aferrados al cargo y la poltrona más allá de lo digno, tengo la sensación de que aquí estamos especialmente dotados para las resistencias numantinas. Aquí, sin el empujoncito de la Guardia Civil o la policía judicial –¿la UDEF, qué coño es la UDEF?– no abandona la cueva motu proprio ni el más apocado de los cuarenta ladrones.

Hay pueblos que resuelven sus litigios de deshonor con un reservado harakiri personal. También los admiro. Nosotros, históricamente los hemos zanjado con el desafío de un duelo pendenciero entre callejones; morir matando. Será la idiosincrasia celtibérica, pero aquí, para que se vaya de la poltrona una jefecilla de taifa es menester que la remate en el suelo –infraganti– un vídeo cleptómano. ¿Y qué decir del tesorero de Alí-Babá?

Cuando atendiendo a la voz interior, nadie en el poder parece saber marcharse a la francesa, me viene a la cabeza el parraque aquel de Lola Flores. ¡Si me queréis… irse! Y si puede ser, añado, una mijilla antes de que nadie tenga que echaros.

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