Artículo de Opinión

Peces en el champagne

"Hágame un favor; en Navidad, guárdese algunos deseos elevados y algunas buenas acciones para los días ordinarios, y cálleme la boca"

POR JUAN ALONSO SÁNCHEZ

Si empiezo esta breve columna afirmando que llega la Navidad con su reparto de buenos deseos, usted pensará que ya está aquí otro anunciante de lo obvio. Que para ese viaje no hacen falta alforjas, ni el soporte de un periódico, ni la dedicación lectora de su tiempo. Si empiezo diciendo que llega la Navidad con su reparto de buenos deseos -que salen gratis-, usted pensará que ya está aquí otro tonto aguafiestas, y no sin razón.

En 2017, las familias españolas dedicaremos a la Navidad una media de 633 euros per cápita, cantidad muy superior a la media europea (445 euros)

No hay fiesta que haga aguas con tanto estrépito como la que se nos echa encima, con su estética de espumillón y con su ética de placebo belenista para el final del año; con su economía de supermercado, premio gordo y beneficencia. Cualquier momento es bueno para permitirse un exceso. Confieso que es excitante descorchar una botella de champagne en medio de una cena familiar o de empresa, cuando el mundo queda ahí fuera, en medio de su itinerario lejano e invernal de fatalidades.

Es Navidad y ahí siguen las amenazas globales: los atentados islamistas de más de 500 muertos negros en Somalia de hace unos días que ignoramos casi todos, el calentamiento climático a chorro desde los polos hacia el sur, la nuclearización de los conflictos internacionales en manos de unos cuantos pirados con púrpura, la enésima reelección presidencial de Vladimir Putin… en fin, la deriva de los continentes.

Aquí siguen también nuestras miserias locales: los casi 50 asesinatos de género con los que acabaremos 2017, los 1,5 millones de hogares españoles en régimen de penuria energética, la vergüenza de ser el tercer país de la UE en el umbral de la pobreza infantil sólo superados por Rumanía y Grecia, los 21 millones de toneladas de basura con los que hemos ungido a España en este año que concluye, o el butrón de más de 7.200 millones de euros excavado por la corrupción política en nuestras arcas públicas.

Pero que nada nos desafine un villancico. En 2017, las familias españolas dedicaremos a la Navidad una media de 633 euros per cápita, cantidad muy superior a la media europea (445 euros). Sólo Reino Unido, con 614 euros, se acerca al gasto español, por delante de Italia o Alemania. Toda una potencia económica de la Navidad, España, donde los peces beben y beben y vuelven a beber sin descanso desde el Black Friday de noviembre hasta los Reyes Magos de enero.

Fueraparte consideraciones económicas o estéticas, al margen de encuentros a la llamada del turrón y de la tele y la compulsión de las compras, la Navidad se me antoja el colutorio del gran enjuague moral de las apariencias. Montar nuestro nacimiento, colgar los espumillones, regalar objetos y felicitaciones, ponernos ciegos… La perspicaz protagonista de mi última lectura “sentía pánico al pensar que la vida era esto, una vez tras otra”. Chica sensitiva.

Desde esta disidencia navideña que no siempre sale gratis (hay que decirlo), intentaré no dejar de pensar que habita un hombre o una mujer de bien en el fondo más íntimo de todos los buenos deseos, aunque sean gratuitos y formales. Hágame un favor; en Navidad, guárdese algunos deseos elevados y algunas buenas acciones para los días ordinarios, y cálleme la boca.

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