Pasaba por aquí

La patria del pato

Foto del autor, Juan Alonso Sánchez. /
Foto del autor, Juan Alonso Sánchez.
ARTÍCULO DE OPINIÓN

Pensar que donde hay un voto hay, por definición, una democracia, es cosa de poco fuste. Constato que leer un libro de Historia al año no haría daño.

JUAN ALONSO SÁNCHEZLoja

No resulta fácil abrir un nuevo ciclo de ‘opinador-escriba’ para IDEAL en circunstancias tales, con un monotema nacional en carne viva, con una actualidad que amenaza pitar un ‘offside’ en ‘cerocomados’ de puro cambiante. ¿Pero qué quiere que le diga? Sería extremadamente insensato escribir aquí y ahora sobre el sexo de los ángeles, ignorando las posibles nacionalidades del reino de los cielos.

No busco tema –el tema está servido–, pero busco enfoque. Evitaré lo mutable para no llegar a obsoleto antes que a cualquier otra cosa de provecho. Intentaré ser prudente para no granjearme hostilidades cainitas en esta, nuestra breve y ojeriza comunidad. Esquivaré la complacencia por no aburrir a mi propia estima, y alimentar en algo mi deseo de seguir escribiendo por amor al arte de la buena letra. Apelo a su buen ‘seny’, sólo pasaba por aquí.

Constato como usted constata, en medio de este fragor de banderas, que el dinero apátrida y los bancos y los consejos de administración mercantiles pueden más que todas las manifestaciones de los poderes públicos estatales y las sentencias judiciales y las cachiporras antidisturbios juntas. Constato la ingenuidad imperdonable de creer en independencias y soberanismos menguantes.

Constato que en mitad del conflicto todo el mundo confunde: a los tirios con los troyanos, a Rajoy con el Estado, un referéndum con un pucherazo… Y así no hay manera. Utilizar las urnas como un arma arrojadiza para provocar fracturas sociales o territoriales no es nada nuevo en la Historia del ser humano. Pensar que donde hay un voto hay, por definición, una democracia, es cosa de poco fuste. Constato que leer un libro de Historia al año no haría daño.

Oyendo soflamas de patriotismo apropiatorio constato que el discurso de la épica y la mítica convoca más seguidores que el lenguaje propio del Estado de Derecho y sus razones, tan prosaicas. Siempre hay un abanderado para un campo de batalla: ni el más listo, ni el más fuerte, ni el más valiente siquiera. Un seguidista prescindible, tan solo, sobre quien concentrar la atención de las flechas, que nunca han de llegar a sus mandatarios.

Constato mi pertenencia a esta comunidad sentimental e imaginaria de cuarenta millones de desconocidos. Confío en la extinción de los abanderados. Porque mean en las esquinas los reconocerás, asidos a un mástil, hora al viento irascible y elástico, hora firmes y protocolarios.

Desde esta apreciada españolidad irrenunciable que nos acompaña sin abalorios, ante el hecho sucedido no puedo dejar de pensar en la triste –pero libertaria– patria del pato. ¿De dónde es un pato? A pesar de que un ave migratoria puede cruzar continentes enteros, la respuesta es clara: el pato es de donde lo cazan.

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