El amigo invisible

  • artículo de opinión

  • César Trujillo, no le gustará cuando lo lea, ha sido para mí una referencia que, de no haber existido, hubiera tenido que inventar para dar nombre a nuestra influencia recíproca por encima del contacto personal

Tarde o temprano tenía que aparecer en una de estas columnas, como lo ha hecho su influencia en otras anteriores. Hablo de un amigo de la infancia, compañero de casi todo lo que deja posos, sea la edad escolar, la juventud o la mili y ahora en la lejanía, por las llamadas circunstancias de la vida. César Trujillo, no le gustará cuando lo lea, ha sido para mí una referencia que, de no haber existido, hubiera tenido que inventar para dar nombre a nuestra influencia recíproca por encima del contacto personal, de manera que ya tenía previsto el concepto de ‘amigo invisible’ antes de que apareciera la moda pasajera y estúpida de intercambiar regalos inútiles en navidad.

Ahora, con la jubilación y esas cosas, anda a cuestas con la idea de que el planeta no puede acumular más desorden ni basura –aunque no sé si se refiere a la material o a la otra– y que todo esto exige una revolución urgente. Tolera a regañadientes encontrar residuos en las calles o que alguien arroje cualquier desperdicio en el suelo, por lo que le he advertido más de una vez que tendrá problemas en cuanto dé con algún zangolotino que no sea condescendiente con la edad, lo que es frecuente, y tome a mal la advertencia de mi amigo de que se le ha caído un papel, cuando ostensiblemente ve que lo ha tirado con alevosía.

Qué decir cuando sale al campo y en lugar de observar la explosión primaveral que se acerca, dedica su mirada a ver suciedad, papeles y envases de plástico por todas partes, rechazando mi argumento de que la generación de residuos puede ser un indicador de progreso, que ocurre en todas partes, también aquí donde vivo, y que no es para tanto, que el mundo no se acaba ni nos va a dar tiempo a verlo. Empiezo a creer que eso de que la edad endurece la mollera va a ser cierto. Me hace recordar, para no dar su brazo a torcer el muy testarudo, antiguas excursiones y primeros baños en nuestros tiempos de hacer novillos, cuando era impensable encontrar ningún residuo artificial, salvo alguna vieja alambrada o piezas de arados. Dice que hasta la arqueología sufre ya esta crisis de suciedad.

Acostumbrado a no soltar el argumento cuando piensa que tiene razón, y tal vez tenga algo de ella, me está asustando con los envases de plástico y metal, afirmando que vamos a necesitar espacio físico donde ponerlos, pero que mientras tanto, los diseminamos de forma suicida y torpe, porque cuando entendamos la necesidad de reagruparlos para reciclar, va a ser tarde. Como César es un tío resolutivo, anda moliendo un proyecto para demostrar que cualquier cosa que pueda ser tirada, debe tener un sistema de retorno, de tal manera que su recogida sea rentable en caso de que el usuario no lo haga, como se hace con los carros del súper. Sabedor del lugar por el que me aprieta el zapato, dice que todo debe empezar, faltaría más, en el comodín de la escuela.

Terminamos nuestras llamadas entre anécdotas y recuerdos, pero tendré que volver a citarlo cualquier día, seguro. Va a ser cosa de tener en cuenta el peligro que supone para el sistema establecido, jubilar a gente tan lúcida y joven como el amigo César.

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