El paradigma de la manada

  • artículo de opinión

  • Llevamos un mes fijando nuestra mirada en el espejo transoceánico de un personaje que ya está manejando –nos guste o no– los destinos del país todopoderoso, que es lo mismo que decir «el miedo de medio mundo»

No estoy de acuerdo en que el retorno de una siesta tenga que ser necesariamente pesaroso. Como todo, será cuestión de dosificar, medir y tener la suerte de cortar la secuencia justo antes de que entren los malos humos. Cuando tal ocurre y al abrir el ojo te encuentras con un buen documental de La 2, puede hasta ser una delicia y alguna vez, por circunstancias concretas, ocasión para aprender.

Algo de violencia…pues como la vida misma. Tras varias escaramuzas de tanteo consigue por fin la fiera morder el hocico del búfalo, dejándolo inmovilizado. Se relaja cansada en el suelo, porque ya es sólo cuestión de esperar con paciencia mientras la víctima se resiste en vano sin poderse zafar del bocado que la asfixia y condena de antemano. Punto y final de no haber ocurrido algo que llama poderosamente la atención por inusual: un grupo de la manada que huye se revuelve en aparente gesto de curiosidad hasta que uno, vacilante pero decidido, y luego otro un poco más y otro, deciden un ataque en círculo que pone en fuga a la leona ante la inminente inversión de las condiciones del juego. El recién liberado se une a los demás sin entender que ha sido una honrosa excepción en las duras normas de la naturaleza.

Será sólo por esta vez, ya que el instinto, y no la experiencia, guía la conducta irracional. Tampoco cabe esperar aprendizaje porque la decisión final de hacer grupo exige pequeñas heroicidades, no siempre asequibles, sobre todo cuando el cuello atrapado es ajeno, y el temor –al fin y al cabo– es individual y crece en proporción mayor que la suma. Por eso el comportamiento de la manada impone que cada uno retroceda asustado, abone la pradera con el fruto de su miedo y aproveche la seguridad que, momentáneamente, le proporciona la desgracia de otro. Así se mantiene la cadena trófica y la fiera sabe, es un decir, que el fracaso ha sido una excepción y el futuro de la prole no peligra si tiene la necesaria paciencia y constancia acosadora, garantizando la supervivencia a cambio de miedo.

En la seguridad de que los herbívoros no son racionales, se nos puede atragantar la placidez sestera con el desconsuelo de encontrar tantas coincidencias en el paradigma de la manada cuando lo compartimos con nuestros parientes, los que no piensan. ¿No suena la música a conocida? Uno/a que asusta a muchos/as. Perdón por el desdoble de género, que aquí me resulta necesario. Desde colectivos laborales cercanos hasta el gobierno de los países más poderosos, donde pueda incubar un abuso, suele aparecer el dichoso paradigma.

Llevamos un mes fijando nuestra mirada en el espejo transoceánico de un personaje que ya está manejando –nos guste o no– los destinos del país todopoderoso, que es lo mismo que decir «el miedo de medio mundo». Amparados en la distancia kilométrica y en la más que segura intranscendencia de nuestros comentarios, nos atrevemos a ponerle todos los calificativos, hasta el de incalificable, o payaso, como si éste no fuera oficio honrado, noble y artístico. Desde aquí observamos extrañados el comportamiento de manada, pero soportamos muy cerca predadores/as que amenazan la tranquilidad de nuestra pradera, que rompen cosas irremplazables o hacen, sencillamente, daño, aunque no necesiten comer sino, simplemente, disfrutar asustando.

Eso sí que produce congoja y malestar al abrir los ojos, comprobar que la respuesta racional pueda ser sólo una excepción. También entre los racionales.

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