Ninguno como el de otoño

Paraje lojeño en otoño. /FOTO: J.M.M.
Paraje lojeño en otoño. / FOTO: J.M.M.
ARTÍCULO DE OPINIÓN

«Octubre y noviembre son meses de confortable entretiempo y rebequita y chaparrón transitorio, que limpia los pipís de las aceras y llena los pantanos».

JUAN ALONSO SÁNCHEZ

De todos los equinoccios, ninguno como el de otoño. Llega sin la dureza del frío bajo cero de las escarchas, ni la ordinariez invariable de ‘julioagosto’, y permanece a meses luz del optimismo deprimente de las flores y los excesos de las cosas de abril y del Sur.

Tiene de bueno el otoño que nunca llega para quedarse –no como otras estaciones interminables–, nada hay que temer al respecto. La suya es una visita de familiar añorado que nada más llegar anuncia su partida, y que lo hace dejando la impresión de saber estar que dejan los que nada esperan cuando se marchan.

No se alarga improductivo el otoño como las tardes largas de los veranos a la siesta; no entumece tampoco el espinazo al modo de enero y su destemplanza. Octubre y noviembre, muy al contrario, son meses de confortable entretiempo y rebequita y chaparrón transitorio, que limpia los pipís de las aceras y llena los pantanos. Todo en otoño resulta breve… dos veces bueno, pienso yo.

Y usted podrá objetar que claro, que así cualquiera. Que contra lo extremo de las estaciones rudas y solsticiales no hay envite que pueda perder la delicadeza de octubre. ¿Cómo comparar las umbrías ocres de hojarasca en las cunetas del otoño, con los caminos de talco del estío? Nada que ver, la tonalidad caqui y membrillo de los ribazos junto a las acequias de noviembre, con el rigor incoloro del frío y las talas de febrero en los frutales.

La primavera también es un horror, mire usted, con su cargamento fatuo de buenas intenciones y ofrendas florales. Vaya inflamación de zapateros follando en los jaramagos amarillos, la primavera. Vaya ‘jartura’ de histamina y secreciones y alegría en las glándulas cutáneas más superficiales. No comparto la celebración mayoritaria de la algazara primaveral, ni su decreto de vitalidad tribalizada, incomparablemente más afligida que el otoño.

Ustedes me perdonen la rareza, pero me quedo con sus antípodas otoñales; con las tardes introspectivas y tranquilas, individuales del otoño. La vuelta a la ‘tardenoche’ entre lecturas y paseos en compañía de una perra. Y el soliloquio imposible de mayo que en el otoño, se puede y se deja. Qué buena ocasión nos brinda el año para ser uno mismo, en otoño. Y así, hasta que un nuevo solsticio de diciembre, al son de una triste zambomba, nos dicte lo contrario.

Temas

Loja, Otoño

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