No hay muerto malo

«La muerte tiene la extraordinaria capacidad de licuar la malicia de los inicuos en la memoria de los vivos, hasta equiparar a los perversos con los limpios de corazón»

JUAN ALONSO SÁNCHEZ Loja

Vivir cerca de un tanatorio, y ser testigo de duelos y quebrantos a diario, hace de los paseos con la perra un ejercicio frecuente de interrogaciones. Me intriga el asunto; en especial la consideración social de los difuntos, arropados unas veces por un olor de multitudes que explaya su pésame por los imprecisos descampados de El Taxi. Otras, sin embargo, es un duelo que se extingue en la intimidad de un clan incompleto, que no consigue ocupar –siquiera– el mobiliario de asiento del negociado de lo funesto.

Y así llegan las preguntan. ¿Cuánto de bueno hicieron los primeros, para gozar de la condolencia social que no merecieron los segundos? ¿Debo creer que esos velorios populares se corresponden necesariamente con el duelo de seres buenos y generosos? ¿Es la soledad de los muertos el justo anticipo de infiernos y purgatorios? Y en ese recoveco de la duda, cruzo el paso de cebra con riesgo y encamino por el Mesón de Arroyo.

Sabemos que la muerte iguala, eso nos dicen, lo cual no deja de ser justiciero desde una consideración económica: igual muere el rico que el pobre, polvo sobre el polvo. Sin embargo, me parece extremadamente odioso el poder igualitario de la muerte desde el punto de vista de la ejemplaridad moral de los finados: pienso yo que no deberían morir igual los infames que los justos.

«En las exequias terrenales parece que cabemos todos sin mucho distingo» juan alonso sánchez

Tengo la experiencia de que todos los hombres malos mueren buenos, igual que los hombres buenos. En definitiva, que no hay muertos malos. Y no me lo creo. La muerte tiene la extraordinaria capacidad de licuar la malicia de los inicuos en la memoria de los vivos, hasta equiparar a los inmisericordes con los compasivos, a los perversos con los limpios de corazón, a los mansos con los violentos.

Ignoro si a la izquierda del Padre cabemos todos; del juicio final lo ignoro todo, pero entusiasta del arte, sé que en el juicio sixtino de Miguel Ángel caben bien pocos. Por eso suelo pensar que acá, aún en la tierra, la generosa pompa fúnebre de los tanatorios, con su miramiento de correcciones y con su pésame de formulismo, no siempre resulta esclarecedora y ecuánime.

Confío en que el cielo sea sólo de los limpios de corazón, bienaventurados –ya ves tú si allí habrá buenos magistrados–, porque lo que es en la celebración de las exequias terrenales parece que cabemos todos los mortales sin mucho distingo. Salgan los hombres del mundo como vivieron, sin cosmética ni tanatopraxia: con la compañía de los que amaron, en la indiferencia de los que ignoraron, y por qué no, con el descrédito de las víctimas de sus agravios.

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