RELATOS DESDE EL PONIENTE

Mi gata independiente

«Ahora no le permiten la entrada. Mi mujer está inquieta porque todas las noches se asoma por los tejados, maullando lastimeramente. Dice que tendríamos que hacer algo para que regresara y fuera aceptada por su familia»

POR VÍCTOR AYLLÓN Huétor Tájar

Tengo cuatro gatos en el patio de mi casa, un macho y tres hembras. Bueno, en realidad, ya solo me quedan tres, una de las hembras se ha independizado. Ha ocurrido esta primavera. La historia es como sigue. Hace unos años varios mininos ocuparon el patio.

Mi mujer, una porfiada entusiasta de los astutos felinos, enseguida los acogió como propios y les puso recipientes donde nunca falta el agua, comida abundante y una bandeja de arena con limpieza y reposición diarias. Como complemento vitamínico mi señora también les proporciona de vez en cuando alguna chuchería. Y, por si fuera poco, todas las noches, al llegar del trabajo, les premia con una exquisita loncha de jamón de York extra Hacendado. Así llevan desde generaciones, criados como unos gatos pijos, comiendo, cagando y fornicando a sus anchas. Todos pertenecen a la misma familia, una endogamia peligrosa que cada vez los hace más tontos.

La independentista es la tía abuela. Hasta hace poco era la que dominaba el grupo familiar. Su edad, su rango y su experiencia prevalecían sobre la manada. Las más de las veces les birlaba la loncha de York a los demás. Ella comía más, jodía más, paría más y, a diferencia de los otros (poco dados a la aventura), entraba y salía del patio cuando le venía en gana. Nadie osaba rechistarle. Le gustaba esfumarse y andorrear con plena libertad, olisqueando por los rincones. Algunas veces se iba y estaba dos o tres días sin aparecer. Sin embargo, esta primavera ha debido pasar algo.

Al regreso de las vacaciones

Cuando regresamos de las vacaciones de Semana Santa no la encontrábamos. La oíamos maullar por los patios vecinos pero no se acercaba a la casa. Cuando llegó la hora del York se asomó por la tapia. A sus sobrinos nietos se les inflamó el rabo y se pusieron en posición de ataque, con gestos poco amigables, como si aquella gata fuera una intrusa. En un intento de bajar al patio, todos se abalanzaron sobre la tía abuela, que tuvo que salir por patas, escalando velozmente por la yedra.

Ahora no le permiten la entrada. Mi mujer está inquieta porque todas las noches se asoma por los tejados, maullando lastimeramente. A ella se le encoge el corazón. Dice que tendríamos que hacer algo para que regresara y fuera aceptada por su familia. Yo intento consolarla. Le digo que no se preocupe, que al fin y al cabo es lo que el animal siempre ha deseado, ser independiente y vagar libre.

—No sé, no sé… —me responde ella—, si fuera como tú dices no seguiría remoloneando por aquí. ¿Y si le subimos una loncha al tejado?

—¡Ni se te ocurra! Si quiere comer que le eche arrestos y baje al patio.

 

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