El final de nada

«No es difícil ser tirano, ni requiere estar investido de autoridad, si se cuenta con el coro de parásitos, saprófitos y simbiontes»

POR JOSÉ Mª CRUZ BARCO Loja

Apenas se adivina el final de una tiranía, aparecen movimientos similares a los previos de un terremoto organizados en casi perfecta simetría con las réplicas, simulando un relevo normal para que, si es posible, no cambie nada. El tirano, porque no llegó a líder, levantó su efímera obra echando mano de una fauna variada que ahora se afana en hacerse necesaria, porque tampoco es nada sin pastor.

Utilizando el masculino genérico mientras así lo recomiende la autoridad lingüística competente, entramos en el recurso de la fábula, rica en sentencias y sabiduría popular, aunque hoy esté en desuso. Es fácil que la imaginación de cualquiera que lea esto con más perspectiva e ingenio del que puse en escribirlo, descubra hechos y personajes parecidos en historias cercanas. Puede que hasta encuentre claves para entender el complicado mundo de la conducta humana, no tan distinto del de nuestros parientes irracionales, a pesar de que ellos no reflexionen en pasado, según creemos.

La inercia narradora nos lleva al ejemplo del rebaño que, ajeno al poder del número, pero sometido a la dependencia del forraje y uncido por la autoridad impostada del cayado, come y calla. En el afán por la supervivencia diaria, se dejará ordeñar o esquilar con tal de aplazar el inevitable desenlace del matadero. Alguna vez una oveja tozuda levantó la cabeza en vano, porque su principal fuerza, la de la masa, se desmorona en bucólicas carreras para huir del castigo que monopoliza el rebelde con alivio de los que se pusieron a salvo. Construyeron y mantienen el mito innecesario de la tiranía, a base de miedos y espantos gregarios.

En este momento se hace imprescindible el papel del perro, animal noble por naturaleza, pero tan próximo a lo humano, que se expone a asumir nuestras miserias. Asustará ladrando a los otros sin escatimar un desgarro para quien fue compañero de pradera y regresará, lúbrico y jadeante, para lamer la mano que lo castigó, sin perjuicio de verse obligado a lamer partes menos respetables en la creencia de salvar así las suyas. Acólito esencial de la vara, esperará un nuevo dictador para seguir actuando a demanda, porque no quiere problemas.

El papel del pastor lo continuará cualquiera, incluso una oveja lista, con tal de que ande escasa de escrúpulos y clara de ideas. Alguna vez lo ha hecho el lobo poniéndose una piel al uso encima y construyendo una historia amable y protectora del rebaño sin ahorro de abrazos para el cordero tullido que había de comerse en breve. No es difícil ser tirano, ni requiere estar investido de autoridad, si se cuenta con el coro de parásitos, saprófitos y simbiontes, esto es, el auxilio del miedo y el pesebre.

Reitero la complicidad del lector para descubrir nuevos personajes que mi torpeza haya omitido. Esta fábula se puede aplicar a la panda de fantoches que echa la persiana en el norte queriendo imponer el relato cínico de todas las dictaduras y también a Cuba, por aquello de la distancia, pero habrá quien sepa encontrar ejemplos más próximos, en cualquier revuelta del camino. Es cuestión de abrir los ojos y ponerle marco a la propia experiencia. Para aclarar ideas.

 

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