ARTÍCULO DE OPINIÓN

Dimisión imposible

Como cabía esperar, la dignidad se iba a imponer, en cuanto pudiera, incluso al precio de privar a la gente de los beneficios que mi trabajo aportaría

JOSÉ MARÍA CRUZ BARCOLoja

Sólo en una pesadilla podría imaginar aquella extraña coincidencia de antiguos conocidos. Me extrañó, aunque no le diera excesiva importancia, que no me hubiera saludado al volvernos a ver, pero no lo había hecho con otros de los presentes y eso me hizo suponer la existencia de algún acuerdo que me era ajeno. Hizo un gesto al que todos correspondimos y pasó a comunicarnos que nos había elegido para formar parte de su nuevo equipo, albergando en cada uno de nosotros las mayores esperanzas para solucionar la delicada situación en que nos había puesto la torpeza de los anteriores gobernantes.

Se dirigió a mí como si hubiéramos estado hablando el día anterior para comunicarme la plena confianza en mi buen criterio para decidir qué innovaciones eran o no convenientes. Sin ganas ni necesidad de abrir la boca, porque todo iba extrañamente rodado, me dispuse a tomar inmediatamente posesión de mi despacho en un pequeño palacete remozado en el centro de la capital, desde el que dirigiría las inversiones económicas que habrían de hacerse en aquella materia que me resultaba absolutamente desconocida. Reparé, eso sí, en el precioso patio interior que, en lo sucesivo, habría de servirme de aparcamiento privado.

Coincidí con un razonamiento que ya adjudicaba a mi mujer advirtiéndome sobre la poca seriedad del personaje que me puso en aquel aprieto por avalarle un préstamo bancario y al que, desde entonces, no había vuelto a ver. Razones que no entendía, entre las que estaría más el olvido que el rencor –pero nunca mi ambición– se impusieron y acepté convencido de que mi pacto con el destino era incompatible con ese tipo de remilgos.

«Me dispuse a tomar posesión de mi despacho en un pequeño palacete»

A punto estuvo de echarlo todo a perder un forzado paréntesis biológico pero, contra lo acostumbrado, las premuras vesicales no impusieron la esperada ruptura, sino que me aclararon las ideas, por lo que volví al cálido lecho con la intención decidida de abandonar cargo y prebendas mirando por mantener la mínima vergüenza. Otra vez el letargo me puso en un dilema al sentirme imprescindible en la gestión de aquel negociado, certeza honrada que me hacía debatir entre la dimisión prometida y la necesidad que el sistema tenía de mis aportaciones, casi la misma que de nuevo me apremiaba en postura vertical, extremando el cuidado en no salpicar fuera y empezando a sospechar que me hubiera pasado con la bebida en el cóctel protocolario de mi toma de posesión.

«Volví a la placidez onírica dispuesto a dimitir ya, aunque no me apeteciera»

Con más tranquilidad, pero sobre todo, con más decisión, regresé a la placidez onírica dispuesto a dimitir ya, por más que no me apeteciera bajar del cargo y mucho menos, que otro se subiera. Como cabía esperar, la dignidad se iba a imponer, en cuanto pudiera, incluso al precio de privar a la gente de los beneficios que mi trabajo aportaría.

Dispuesto al sacrificio, pulsé con valentía los números de su línea interna y entonces se detuvo el ruidillo desagradable y obstinado que cada día se encarga de ponerme en marcha antes de que mis compañeros de ruta me echen de menos. Todavía frente al café continuaba dando vueltas a la clara intención de dimitir, pero sigue siendo imposible, a no ser que Morfeo me ponga en conexión una noche de éstas. Para entonces prometo hacerlo, aunque esté convencido de que el mundo va a salir perdiendo.

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