cosas de antes (iv)

«Ocurrió en la casería de Los Cerrillos, en el pago de Viñas Viejas y Calardos, un dieciocho de septiembre de 1891. Así lo recogió la prensa de la época. El cadáver fue encontrado, al pie del melocotonero, por el guarda jurado, Isidro Roldán, que hacía la ronda acostumbrada.»

VÍCTOR AYLLÓN Huétor Tájar

Cogían melocotones a primera hora de la mañana. Miguel, Gregorio, Damián y Mariano, los cuatro hermanos Cerrillo, naturales de Loja y antiguos vecinos de Huétor Tájar. La madre había fallecido hacía unos meses y los hermanos andaban enfangados en los trámites de una herencia endiablada. No existían muchos bienes a repartir, tan solo una casería y dos aranzadas cortas que la circundaban.

Miguel se había reunido el día de antes con el albacea, a espaldas de los hermanos, y estos hervían en recelos, en sospechas, en maquinaciones que les enturbiaban la cabeza y les removían las bilis. Las herencias a veces hacen aflorar los peores instintos, abonan los celos, las envidias y las miserias humanas.

La discusión empezó bien pronto, a cuenta de la propiedad de los melocotones. Miguel sacó la escopeta y les pidió que se marcharan. Los otros tres le desafiaron. Aquel no se cortó un ápice en apretar el gatillo y disparar un cartucho de perdigones que vino a estamparse en el cachete izquierdo de Gregorio. Entonces la jauría se enfureció. Damián y Mariano se arrojaron sobre Miguel con cuchillos y facas, abriéndole surcos profundos en el cuello, en la cabeza y en el tronco. La sangre llamó a la sangre. Luego le arrancaron los dientes y se ensañaron con la carne. Gregorio lo remató atravesándole la pierna con una bala y cosiéndolo a puñaladas.

Ocurrió en la casería de Los Cerrillos, en el pago de Viñas Viejas y Calardos, un dieciocho de septiembre de 1891. Así lo recogió la prensa de la época. El cadáver fue encontrado, al pie del melocotonero, por el guarda jurado, Isidro Roldán, que hacía la ronda acostumbrada. Sin dilación, se presentó a dar aviso en el juzgado municipal. Una pareja de la Guardia Civil se dirigió rauda a la captura de los hermanos, pues era conocida su latente animadversión a causa de la herencia. Fueron apresados en el barranco de Salar, donde se ocultaban entre la maleza. Se les incautó un cuchillo de grandes dimensiones, una faca rota, dos navajas pequeñas y un palo. Al lado del cadáver quedaron una escopeta descargada, una pistola disparada y la vaina de cuero de un cuchillo grande.

A José Montero Corpas, historiador e investigador salareño, le debemos el haber sacado a la luz este macabro fratricidio. La noticia fue publicada en los periódicos granadinos El Defensor de Granada y La Unión Católica en los días siguientes al suceso. El párrafo final de la crónica nos desvela la magnitud de un odio turbio, afilado, que maceraba toscamente en el espíritu de aquellos hermanos: «Se cuentan palabras que pronunciaron los criminales en la cocina de la casería ante el público que lejos de demostrar su arrepentimiento revelan cosas que no se pueden decir…»

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