Cosas de antes [II]

«Perico era bajito y enclenque y su cabeza era tan menuda como la de un alfiler. Un garrote de nogal le ayudaba a sostenerse, a sobrellevar su patente debilidad. Manuel, un palmo más alto y algo más grueso, llevaba la voz cantante».

POR VÍCTOR AYLLÓN Huétor Tájar Colaborador de Ideal Poniente

Aparecieron de pronto, como las golondrinas cuando asoma la primavera. Uno se llamaba Perico y el otro Manuel. Perico era bajito y enclenque y su cabeza era tan menuda como la de un alfiler. Un garrote de nogal le ayudaba a sostenerse, a sobrellevar su patente debilidad. A cada paso pareciera que se podía quebrar. Manuel, un palmo más alto y algo más grueso, llevaba la voz cantante. Se decía que venían de las tierras de La Mancha y que iban de pueblo en pueblo sin rumbo ni destino.

Siempre juntos, con sus zapatos roídos y sus boinas de paño, andorreaban sin descanso, de aquí para allá, recorriendo cada día, una por una todas las calles y las plazas de Huétor Tájar. Ni pedían limosna ni molestaban a nadie, se bastaban con la ayuda del cura y con la exigua pensión que Perico cobraba. Las noches las pasaban acurrucados entre cartones en cualquier portal, en cualquier rincón o en cualquier banco de la plaza de la Iglesia. Algunas veces se ensalzaban en tontas discusiones. Se gritaban, se insultaban y se manoteaban; incluso en ocasiones, Perico alzaba el garrote en tono amenazante. Pero nunca llegó la sangre al río. No podían vivir el uno sin el otro.

Pasaban los meses y pasaban los años y los Periquillos (que así fueron bautizados) no se marchaban. Una noche de verano, extendieron sus cartones en el rincón de la botica, al lado del bar La Herradura. Hacía calor y la terraza estaba a rebosar. Rafalín correteaba alrededor de la mesa de sus padres. No debía de tener más de cinco años entonces. Los Periquillos se tumbaron sobre los cartones ajenos al bullicio de la placeta. A nadie le resultó extraña aquella postal, nadie reparó en ellos. Nadie a excepción de Rafalín.

El niño, de repente, cogió una llorera. ¿Pero qué le pasa a este crío?, se preguntaban todos. Y Rafa no paraba de gimotear. La madre intentó calmarlo:

—Venga cariño. ¿Dime qué te pasa? ¿Por qué lloras?

—Esos hombres… —balbuceó el niño, señalando hacia el rincón.

—¿Qué pasa con esos hombres? Son los Periquillos, no te van a hacer nada —le dijo la madre.

—En la calle no se duerme —respondió el niño.

—Pero ellos son pobres, no tienen casa.

—¡Pues que se acuesten en mi cama! —exclamó Rafalín con rabia.

Y de pronto, un invierno se esfumaron, en silencio, de la misma forma que habían llegado. Una mañana limpia se les vio cruzar el puente y alejarse por el camino de Venta Nueva. Con sus zapatos roídos y sus boinas de paño.

Cosas de antes.

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