RELATOS DEL PONIENTE

Cosas de antes [I]

«El tendero sonreía y le daba un puñado de garbanzos tostados o una barra de regaliz. Los conocía de sobra. Sabía que vivían cerca de La Fábrica y que bajaban andando hasta Huétor para hacer la compra del mes»

VÍCTOR AYLLÓN Huétor Tájar

Juan venía del cortijo el primer jueves de cada mes cogido de la mano de su madre. Ella, con un pañuelo a la cabeza y él con una papalina y unas enormes gafas de sol. Ya dentro de la tienda, Juan se desprendía de todo: de la mano de su madre, del sombrero y de las gafas de sol. María, que así se llamaba la madre, se acercaba al mostrador y pedía al tendero todo lo que necesitaba:

—Manuel, póngame un kilo de azúcar.

Y Juan repetía: «Un kilo de azúcar, un kilo de azúcar…»

—Juan, calla —le reprendía la madre.

Y Juan repetía: «Juan, calla; Juan, calla…»

La madre miraba a Manuel buscando su comprensión. El tendero sonreía y le daba un puñado de garbanzos tostados o una barra de regaliz. Los conocía de sobra. Sabía que vivían cerca de La Fábrica y que bajaban andando hasta Huétor para hacer la compra del mes. Cosas de antes.

—Una lata de melocotón en almíbar —pedía la madre.

Y Juan, de nuevo: «Una lata de melocotón en almíbar, una lata de melocotón en almíbar…»

—Juan, calla.

—Juan, calla; Juan, calla...

Y así se pasaba todo el rato, repitiendo como un loro todo lo que decía la madre.

Manuel metía los mandados en un saco de arpillera bien atado y Juan se lo echaba a la espalda como si fuera un paño de algodón. Porque el muchacho era alto y fuerte y no debía de pasar de los treinta, solo que tenía la piel y el cabello blancos como la nata y por eso no quería cuentas con el sol ni con nadie que le fuera extraño. Y porque además de nacer con esos ojos tan claros y esa piel tan blanca también hubo problemas en el parto y María desde niño lo llevaba a todas partes de la mano.

Llegó el primer jueves de mes y María y Juan no aparecieron por la tienda. El tendero se lo hizo saber a su mujer, preocupado:

—Qué extraño, ¿les habrá molestado algo? Espero que no hayan decidido cambiar de tienda.

Pasó otro mes y esta vez sí llegaron el jueves acostumbrado. Entraron a la tienda enlutados de arriba abajo. Juan no se quitó el sombrero ni las gafas ni se separó de su madre. Manuel preguntó y María echó una lágrima. Su marido, el padre de Juan, había fallecido después de una enfermedad larga. El tendero llamó a su mujer para comunicarle la desgracia y los dos le ofrecieron sus condolencias.

—Un bicho malo se lo ha comido por dentro —dijo María.

Manuel miró a Juan esperando lo de siempre, pero éste no dijo nada. María movió la cabeza y suspiró.

Cosas de antes.

 

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