Calle Real

«Muy a nuestro pesar y en lo urbanístico, Loja está creciendo con la debilidad interior de una manzana hueca, que deja entrever algún agujero de oruga en la brillante superficie de su fotogénica panorámica»

JUAN ALONSO SÁNCHEZ Loja

Cuando hablamos del patrimonio histórico urbano de nuestras ciudades y pueblos, de su decrepitud fatal y achacosa, que es lo más habitual, las manos suelen salir a hurtadillas de la obra y la boca suele llenarse de la soflama propia de una patria chica. Con lo que fuimos… Y así, el presente se convierte en un plácido observatorio desde el que constatar que, efectivamente, no sabemos qué hacer con el pasado en el futuro.

Las sociedades no suelen sentirse interpeladas por lo antepasado en la misma medida que se dejan seducir por lo nuevo. Hay una cierta pereza ante la idea de restauración, siempre sujeta a la servidumbre de lo preexistente. ¿Rehabilitar? Borrón y cuenta nueva, que ya echaremos un responso y una lágrima y un golpe de pecho sobre la memoria de la piedra caída.

En el último medio siglo, nuestra ciudad ha menguado su población al tiempo que ha multiplicado por dos el suelo urbanizable: mucha menos gente para mucho más espacio. ¿Consecuencia? La deserción demográfica del centro histórico hacia las nuevas explanadas del entorno urbano oriental (El Terciado, El Viso, Las Peñas...). Un proceso sustitutivo de fatales consecuencias para la sostenibilidad urbana de la ciudad histórica, y para el equilibrio geográfico del conjunto de Loja, que desde Duque de Valencia se precariza de forma alarmante hacia occidente.

Los promotores inmobiliarios locales, ávidos de suelo y de novedad, no han apostado por la inversión en rehabilitación. Por mi culpa. Los profesionales del urbanismo y la arquitectura no han reflexionado sobre las posibilidades de habitabilidad de la ciudad histórica. Por mi culpa. Los poderes públicos han alimentado el éxodo, con el suministro insaciable de atractivo suelo de recalificación, sin reparar en efectos a largo plazo. Por mi gran culpa.

En el último medio siglo, nuestra ciudad ha menguado su población al tiempo que ha multiplicado por dos el suelo urbanizable: mucha menos gente para mucho más espacio. JUAN ALONSO SÁNCHEZ

En medio, una posdata. Algún día quizá comprenderé el desapego de la burguesía rural lojeña hacia sus grandes casas familiares, en penosa dejación, cuando en la mayor parte de los municipios andaluces siguen conservadas, depositarias del valor simbólico del prestigio del apellido y del linaje. Es el suma y sigue de las ruinas de don, con las heráldicas decrépitas sobre el dintel.

Suma y sigue de culpas también para un contexto normativo autonómico extraordinariamente rígido, que aburre a los escasos valientes que apuestan por la rehabilitación de arquitecturas históricas cargadas de singularidad y pátina de tiempo. Todo acaba adquiriendo forma de una servidumbre reglamentista insoportable y poco ejemplificante.

Muy a nuestro pesar y en lo urbanístico, Loja está creciendo con la debilidad interior de una manzana hueca, que deja entrever algún agujero de oruga en la brillante superficie de su fotogénica panorámica. Camino cuatro veces a diario las confluencias marginales de la calle Comedias hacia el Mesón de Arroyo y respiro el hedor de los gatos del abandono. No conozco agujero más inquietante que la calle Real, y ni ella ni Loja se lo merecen.

 

Fotos

Vídeos