Bajo el crí crí de las margaritas

«Mis pensamientos me llevaron de regreso al colegio del pueblo. A esa mañana de noviembre del sesenta. Y vi de nuevo a Daniel acercarse tímidamente por el pasillo del aula, con el viejo cuaderno apretado sobre el pecho»

VÍCTOR AYLLÓN Huétor Tájar

Desperté desorientado, en una cama extraña y en una habitación vulgar con apurados muebles y escaso gusto. A duras penas pude levantarme y descorrer la gruesa cortina que ocultaba una ventana angosta, empotrada en la pared como una cicatriz de aluminio. La luz fulgurante me cegó. Puse una mano en mi frente para atenuar el resplandor. Entre los rascacielos, un sol imponente rompía el cielo y vaticinaba un día tórrido. Una mariposa blanca se posó en el cristal. Me pregunté si estaría tan extraviada como yo. En la mesita de noche seguía abierto el libro. Los versos danzaban fatuos y desafiantes:

Cuando se hundieron las formas puras

bajo el crí crí de las margaritas

comprendí que me habían asesinado…

Después de una ducha fría y de un ruinoso afeitado intenté eliminar de mi cabeza y de mi boca los devastadores efectos de la resaca. Una vez más me arrepentía de esa torpeza pueril en la que tropezaba cada vez con mayor frecuencia. Abatido por la pesada carga de los remordimientos sucumbí al sofá. Cerré los ojos tratando de dejar la mente en blanco. Un hilo de paz, un corazón descansado es todo lo que deseaba en ese momento. Pero mi cabeza no paraba de dar vueltas. Me había gastado todos los ahorros en ese viaje, sin saber realmente qué buscaba en aquella mastodóntica metrópoli. Sin embargo, allí estaba, tumbado en un sofá cutre de un hotel barato de Nueva York, la ciudad donde el poeta vaticinó su propia muerte.

Mis pensamientos me llevaron de regreso al colegio del pueblo. A esa mañana de noviembre del sesenta. Y vi de nuevo a Daniel acercarse tímidamente por el pasillo del aula, con el viejo cuaderno apretado sobre el pecho.

—Maestro, es el diario de mi abuelo, me ha pedido que se lo traiga para que ojee la página ochenta y dos.

Me encajé las gafas. Una letra limpia, de trazos precisos y puntiagudos, resaltaba sobre las hojas amarillentas y acartonadas. Un cosquilleo me recorrió todo el cuerpo. Entonces leí las palabras que acabarían por lanzarme a aquel disparatado viaje:

Día 17 de agosto de 1936. Esta mañana, bien temprano, las tropas del general Franco han tomado Huétor Tájar. Dos jóvenes de Falange han subido al Torreón, desde el que han ondeado la bandera rojigualda. Una comitiva de vehículos ha desfilado por la calle Ancha. Al pasar me ha llamado la atención un caballero bien vestido, con traje claro y pajarita, que viaja en el asiento trasero de uno de los coches. Va muy serio, como apenado. Un somatén se ha acercado al conductor. Hablan de un poeta marica que conducen al puerto de Cádiz, al parecer le fuerzan a cruzar el charco. Los dos se carcajean.

 

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