El último testimonio de 'los maquis'

Antonio García, maqui en su juventud, junto a la arqueóloga Cintia Moreno./ FOTOS N.J.G.
Antonio García, maqui en su juventud, junto a la arqueóloga Cintia Moreno. / FOTOS N.J.G.

La arqueóloga Cintia Moreno quiere proteger y señalizar sus campamentos en la Sierra de Loja, que conoce al detalle 'Enrique', uno de los pocos supervivientes de aquella resistencia antifranquista

Noelia Jiménez García
NOELIA JIMÉNEZ GARCÍALoja

Enrique, a sus noventa y tantos años, tiene tantas vivencias en su memoria como las de todo un pueblo. Él es de los últimos 'maquis' que quedan con vida, de los últimos testimonios de la resistencia organizada que, tras la guerra civil y ante la represión y pobreza que se vivía en la España de la dictadura, situó su centro de operaciones en entornos difíciles de transitar y conocer -como la Sierra de Loja-. «En mi causa ponía 'bandolero', porque es lo que éramos para la justicia de la época y para el franquismo; vivíamos en comunidad en campamentos organizados en los que cada uno tenía una función», relata Enrique, o mejor dicho Antonio García, que es el nombre real de este salareño, uno de los últimos 'maquis' que aún viven.

Los 'maquis' se ponían nombres ficticios al entrar en el grupo; era la forma de que no les conocieran las autoridades si les delataban algunos de los que capturados «o los desertores«, recuerda Antonio, que visita esta tarde uno de los muchos campamentos que se crearon en las dolinas del karst de la Sierra de Loja, en una situación estratégica para lograr víveres, dinero y todo lo que necesitaban estos guerrilleros mientras esperaban la ayuda de los aliados europeos para intentar acabar con el franquismo. »Sólo pensé en abandonar cuando ya se sabía que no había nada que hacer«, asegura Antonio hoy.

Fue con motivo de una reunión clandestina convocada en La Tejeda por Roberto -el líder de los maquis- cuando el grupo, tras un chivatazo, se vio obligado a disolverse y sus miembros a huir e intentar evitar la muerte o la cárcel. «Los maquis fueron el recurso de muchos perfiles distintos; gente con ideas de izquierdas pero también muchas personas sin ideología y que simplemente tenían miedo a represalias tras la guerra o huían de la extrema pobreza que se vivía en aquel momento», detalla la arqueóloga Cintia Moreno, sobrina-nieta de Antonio y autora del proyecto 'Arqueología de la Posguerra; aproximación al estudio de los campamentos militares de la población guerrillera de Granada-Málaga'. A través de la asociación Estudios Históricos del Frente Sur, opta a una subvención de la Junta en materia de Memoria Histórica para limpiar, proteger y señalizar algunos de los campamentos de maquis mejor conservados. El grupo de maquis de la Sierra de Loja estuvo en este complicado macizo entre 1949 y 1952.

Los campamentos, los grandes desconocidos

Su tío-abuelo -maqui con solo 18 años- y su abuelo -enlace del grupo siendo un niño- son de los últimos supervivientes de aquel episodio histórico, una experiencia político-militar que ha dejado vestigios en la Sierra lojeña y que, aunque ha sido objeto de estudio y de muchos libros, no ha protagonizado ningún proyecto arqueológico o cultural que dé a conocer sus singularidades. «Creo que hay necesidad de estudiar y proteger un patrimonio que tiene un valor histórico, político, geológico... y que está en el olvido, que es más reciente pero no por ello es menos importante», expone Cintia, que también ha tramitado otra subvención, en este caso dirigida a Diputación, a través de la asociación Arqueología del Genil.

Esta joven salareña lleva años subiendo a la parte más alta de la sierra, a los cerros donde se ubicaban estos asentamientos. Desde que estudió el Máster de Arqueología, la historiadora decidió documentar los campamentos de los que le hablaron su tío Antonio y su abuelo. Y esos puntos -el cerro Formazo, el de las Víboras, el de Sillón Alto, el torcal de Elvira y el cerro de las Cabras- son los que Cintia quiere que, mediante su proyecto, se protejan, señalicen, conserven y, en definitiva, se conozcan. Porque, como ella explica, «mucha gente pasa por aquí haciendo deporte, senderismo o simplemente pasando un día en la sierra y no sabe qué es o por qué están esas piedras así». Según esta arqueóloga, ni quiera se sabe cuántos campamentos hubo porque se construían de forma provisional para acoger a entre 50 y 70 personas que iban cambiando sus asentamientos para salvar la vida.

'Bandoleros'

La visibilidad de los campamentos es extraordinaria; los que estaban dentro de la dolina veían a quién venía pero el que llegaba no percibía movimiento alguno de maquis, «a los que la propaganda franquista llamaba bandoleros», detalla Cintia mientras que su tío-abuelo contempla cómo está aquel entorno donde pasó gran parte de su juventud. Este grupo se nutrió durante su estancia en la Sierra de la ayuda de sus familiares y amigos, que en solidaridad les proporcionaban lo que iban necesitando y, conforme la represión fue más dura, se empezaron a organizar. «Desde el 41 al 50 es cuando más gente de Salar y otros pueblos de la comarca suben a la Sierra, huyendo», comenta Cintia, convencida de lo necesario que es «no dar la espalda a la historia».

Con una estructura de 'Estado Mayor' -aclara Antonio- los maquis se organizaban en dos batallones, el sexto y el séptimo, repartidos en diferentes puntos de la zona oriental andaluza. Cada batallón tenía dos compañías, cada compañía contaban con cuatro grupos y cada uno de ellos se encargaba de una cosa. «Tenemos tan cerca los restos materiales de ese momento histórico que a veces no nos damos cuenta de que están ahí. No es un tema fácil porque lees muchas barbaridades, no estudias mosaicos ni cerámicas«, argumenta Cintia, que opina que los nietos son los que están preparados para recuperar esta parte de la historia. «Ante todo he querido hacer la historia desde el centro», recalca.

Con las piedras, los maquis construían sus estructuras; en el centro una cocina, un hogar para cocinar e irradiar calor a las tiendas de campaña que había alrededor. Para las tiendas se usaban también las rocas, con dos estructuras triangulares sobre las que se colocaban grandes lonas. «Es un arquitectura tosca y hecha para que sea rápida de levantar, porque se trataba de lugares de paso, una especie de vivienda provisional de un grupo en continua huida», narra Cintia, que considera que son vestigios únicos que hay que sacar a la luz.

Además del chivatazo del líder Roberto tras su captura, fueron las continuas deserciones y la muerte de las personas que había en la Sierra las que hicieron que finalmente el grupo de los maquis desapareciera. A 'Enrique', el tío-abuelo de Cintia, le capturaron en Sevilla en el 51. Primero le condenaron a muerte para luego rebajarle la pena a 30 años de cárcel. Tras pasar por varias prisiones durante trece años y entrar en el Programa de Redención de Penas, Antonio recuperó su libertad el 11 de noviembre del 62. El suyo es de los últimos testimonios de los maquis y sus campamentos son «la última huella de un elemento histórico único», subraya Cintia.

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