Septiembre utópico

«Indaga en alguna de esas pequeñas utopías tuyas personales y fuerza tus mejoras y tus cambios. No pares de probarlos. Si paras, te conviertes en ciprés, y ya sabes el lugar».

POR JUAN ALONSO SÁNCHEZLoja Colaborador de Ideal Poniente

Yo soy así, y a sí seguiré, nunca cambiaré (…)» es un verso del estribillo de aquella icónica canción de Alaska y Dinarama de finales de los ochenta. Una reivindicación libertaria –y paradójicamente ultraconservadora–, que no puedo suscribir en esa plomiza aseveración de uno mismo como identidad fósil e inamovible.

Franco Batiato, por contra, angustiado por su dinámica percepción del mundo cantaba la búsqueda de un «centro de gravedad permanente que no varíe lo que ahora pienso de las cosas, de la gente (…)». Otro canto pop de la modernidad a la desesperada petición de asiento de un hombre agotado por la deriva de sus ideas, que pide cuneta para plantarse.

Qué vocación por morirse antes de tiempo la del ser humano. Pienso que toda la vida por delante es un camino de perfección demasiado estimulante para hincarse como un ciprés en la orilla del camino a algún cementerio. Soy más de Heráclito que de Parménides porque el movimiento se demuestra andando, que dijo el cínico Diógenes según cuenta Wikipedia.

Y en estas cavilaciones tan impropias de una feria de agosto –cada uno ejerce su rebeldía como quiere–, llega septiembre con actitud de reinicio como si de un enero se tratara. El caso es que este verano me ha tocado leer –porque hay lecturas capaces de tocarte– un Atlas de las utopías del ser humano, y desde junio no he parado de pensar en un septiembre de quimeras.

Septiembre es siempre una oportunidad. Una coyuntura excelente para cuestionarte y ponerte en duda, y para cambiar lo que sea de tu atribulada persona a pesar de Alaska, con toda su estática y atractiva diferencia. Cada ilusión grande y colectiva empieza por una minúscula utopía personal al alcance de la mano, y la ocasión es septiembre. O eso creo.

Cada septiembre comienza con un pequeño propósito de enmienda en nuestras agostadas conciencias tras el verano; la idea de dar un pasito posible para mejorar el mundo habita en el equinoccio de otoño de todos los años del ser humano. ¿Por qué, y en nombre de qué rutina o mandamiento, vamos a renunciar al intento de ser mejores personas y mejores ciudadanos?

¿Por qué no vamos a cambiar nosotros, si todo a nuestro alrededor es cambiante? Te emplazo a intentar un septiembre prodigioso: indaga en alguna de esas pequeñas utopías tuyas personales (ecológica, social, sentimental, creativa, humanitaria, pacífica…) y fuerza tus mejoras y tus cambios. No pares de probarlos. Si paras, te conviertes en ciprés, y ya sabes el lugar.

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