Pérdidas millonarias tras veinte minutos de tromba en Riofrío

Un coche aparece absolutamente cubierto por la maleza que arrastró la crecida del río. /PEPE MARIN
Un coche aparece absolutamente cubierto por la maleza que arrastró la crecida del río. / PEPE MARIN

El desbordamiento del río deja un puente histórico afectado, más de 50 vehículos arrastrados, varios restaurantes y viviendas anegados y un pueblo cubierto de lodo

Noelia Jiménez García
NOELIA JIMÉNEZ GARCÍARIOFRÍO

Cuando en la sobremesa de ayer, sobre las 4 y media de la tarde, la intensa tormenta caída sobre Loja comenzó a remitir, llegó la catástrofe a Riofrío. El río venía crecido por la precipitación de más de 50 litros por metro cuadrado en menos de 20 minutos, pero, alimentado por la maleza y suciedad acumulada en los cauces y depositada también en los ojos de los puentes, no pudo más y se desbordó. «Por primera vez, al menos en muchas décadas», dicen los vecinos, el río pasó por encima de los viaductos, los tres que hay junto a la plaza de San Isidro, que fue uno de los puntos donde se vivieron las escenas más dramáticas. «Estábamos en el restaurante y, de repente, pasó todo. El río se salió y los coches que estaban aparcados empezaron a ser arrastrados a toda velocidad», contaban algunos de los muchos comensales que en ese momento iban a empezar su almuerzo o apenas hacían la digestión.

En poco tiempo, numerosos enseres hosteleros y más de 50 vehículos se iban con la fuerza del río hasta quedar 'varados', algunos incluso a varios cientos de metros del lugar. Eran los coches de los clientes y algunos que estaban en la zona alta del pueblo, junto a los 'Jardines de Riofrío', uno de los establecimientos hosteleros que se vio más afectado.

«Por suerte a nosotros sólo nos ha tocado algo el patio», comentaban desde Mesón Raimundo. Peor suerte corrieron los locales más cercanos al río, concretamente el restaurante Paco Rama, el Mesón de Riofrío y, sobre todo, el restaurante Quintana, situado fuera de la plaza pero muy cerca de los dos ríos de Riofrío, el Frío y el Salado, que también hicieron estragos al desbordarse en las instalaciones de Caviar de Riofrío.

Las dos piscinas de la piscifactoría, la del centro del pueblo y la cercana a la autovía, se vieron seriamente afectadas, «aunque afortunadamente no había muchos peces», comentaban algunos vecinos del pueblo, que se volcaron en las tareas de limpieza. «Los esturiones han llegado hasta Venta de Santa Bárbara», indicaban los vecinos de este pueblo, que ha 'hecho piña' para volver a la normalidad lo antes posible.

Porque todos -representantes institucionales, vecinos e incluso visitantes- coincidían en lo mismo: la coordinación de los trabajadores municipales, Bomberos, Policía Local, Guardia Civil, Gemalsa, Urbanismo y Protección Civil «ha sido crucial para empezar a atender la situación lo antes posible», recalcaba el concejal de Gobernación, José Barea. Pocos minutos después de que cayeran las primeras gotas, ya estaba activado un dispositivo que ha movilizado a más de medio centenar de profesionales, además de al servicio de emergencias 112, cuyo coordinador provincial, Manuel Navajas, también estaba supervisando la zona. «Lo importante es que no ha habido daños personales. Hemos puesto todos los recursos necesarios para recuperar los servicios básicos», explicaba.

Nunca como ahora

Aunque no es la primera vez que Riofrío sufre un desbordamiento -el último fue en 2010-, sí que es el más agresivo hasta la fecha. «Llevo toda mi vida aquí y ha habido tormentas como esta y mayores, pero no ha pasado esto. El cauce y los puentes estaban colmados», indicaba el alcalde pedáneo de Riofrío, Alejandro Aguilera, especialmente crítico con la responsabilidad de la Confederación Hidrográfica en el mantenimiento del arroyo y en las consecuencias de la riada.

La fuerza del agua era tal que, además del lodazal en que se convertía el pueblo, se llevaba por delante uno de los laterales del puente 'romano' -conocido así, aunque es del siglo XVI-, un viaducto histórico en cuya base se quedaron 'aparcados' varios vehículos arrastrados. Además, de las pérdidas -aún por calcular- de los establecimientos hosteleros, algunas viviendas cercanas al río se veían anegadas. Incluso en algunas muy próximas al cauce sus moradores tenían que subirse a la terraza porque las plantas bajas estaban afectadas. «En la iglesia nueva ha entrado más de metro y medio de agua, una desgracia. Y lo mismo en el consultorio, donde ha arrancado hasta las puertas», contaba Aguilera.

Además del millón y medio de euros en destrozos de vehículos, los grandes perjudicados han sido los establecimientos hosteleros. «¿Pérdidas? Ni idea. Estamos contentos porque no hay daños personales. A los clientes les ha dado tiempo a desalojar. El personal ha colaborado muchísimo y también todos los vecinos. Lo demás son cosas materiales que intentaremos subsanar lo antes posible», decía optimista Sergio Vallejo, gerente del grupo Riofrío Restauración y Naturaleza.

Después de una buena noticia -la vuelta de la trucha-, la tormenta se ha cebado con Riofrío. Los vecinos recordaban ayer que venían pidiendo más limpieza en los cauces y en el puente. «Mantener limpio el río evita este tipo de problemas. Sin intención de culpar a nadie, debemos de no acordarnos de Santa Bárbara cuando truena», coincidía también en destacar el alcalde de Loja, Joaquín Camacho, en relación a las actuaciones competencia de la Confederación.

Después de una tarde y noche intensa de trabajo de un numeroso operativo, el Infoca vendrá hoy sábado a limpiar la zona con carácter preventivo. Además, a partir del lunes se abrirá una oficina de atención al damnificado, para recopilar todos los daños y hacer un balance global y más exhaustivo de los perjuicios que ha habido.

Terminaba el viernes y, después de varias horas de trabajo, un dispositivo amplísimo de personas y docenas de grúas y máquinas retroexcavadoras trabajaban todavía para retirar el inmenso lodazal de la avenida principal del río, la plaza de San Isidro y las calles centrales de este turístico pueblo lojeño. Afortunadamente era viernes. Y no un sábado o domingo, cuando el otro aparcamiento de la zona, aún más grande y cercano a la ribera, está ocupado por centenares de coches. Al anochecer, algunos vehículos aún estaban repartidos por diferentes puntos del río, el mismo que horas antes hizo pasar «miedo e impotencia» a muchos vecinos y turistas.

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